Cuando los hijos se van de casa

Elizabeth Aguilar

En nuestra sociedad latinoamericana, es frecuente que los hijos e hijas vivan en casa de sus padres hasta la adultez. Sin embargo, tarde o temprano se independizarán para conformar su propia familia, o bien, para irse a vivir por su cuenta. Esta separación es natural y necesaria, tanto para los hijos e hijas como para los padres. Los primeros se verán beneficiados, ya que al asumir su propia vida, tendrán el espacio para tomar decisiones trascendentales, así como consolidar valores, como la responsabilidad y el compromiso. Por su parte, los progenitores pasarán a otra etapa de la paternidad en la que, como guías de hijos que ya son adultos, no sólo verán el fruto de la crianza, sino que además podrán obtener retroalimentación de sus propias vidas. Además, con la salida de casa de los hijos e hijas, los padres dispondrán de más tiempo para crecer como pareja, o bien, para dedicarse a sí mismos; así muchos padres y madres retoman algún pasatiempo e incluso los estudios.

Es importante notar que, en la independencia de los hijos, esta separación no sólo debe darse en el plano físico, sino también en el emocional. Buscar un apartamento, comprar sus propios enseres y empacar sus pertenencias es únicamente la parte externa de esta emancipación. La verdadera independencia se denota en la toma de responsabilidades y compromisos de parte de los hijos, y en la manera en la que los padres puedan “soltarlos” en este período. Aquí, es necesario mencionar que en muchas ocasiones, los hijos e hijas logran independizarse de manera saludable, pero son sus padres los que no desean dejarlos ir. En este caso, es necesario que los hijos e hijas asuman su rol de adultos y puedan conversar con sus padres, explicándoles los motivos de porqué se hace necesaria la separación. Además, es tarea de los hijos e hijas asumir sus responsabilidades con aplomo, ya que si la emancipación se da solo en algunas áreas (por ejemplo, en la física pero no en la económica), les reforzarán a sus padres la idea de que aún no están preparados para dejar el nido. Ahora bien, esto no quiere decir que los hijos e hijas deban “divorciarse emocionalmente” de sus familias de origen. La idea es que esos lazos afectivos permanezcan intactos, o mejor aún, se fortalezcan ahora que cada adulto de la familia tiene su propio hogar.

Cabe destacar que la búsqueda de independencia es natural y esperable y, por lo tanto, debe darse de una forma en que toda la familia se sienta cómoda con el proceso. Como toda etapa de vida, representa cambios importantes en la dinámica familiar y por ello es fundamental que todos los miembros participen activamente. Esta participación puede ir desde ayudarle al hijo o hija a buscar apartamento, hasta colaborar con la mudanza.

Es importante notar que el aprendizaje de la independencia, necesaria para la vida adulta, debe preverse desde que los hijos e hijas están en la niñez, dejándolos tomar algunas decisiones tales como elegir qué ropa ponerse o a cuáles actividades extracurriculares quieren asistir. El logro de esta autonomía, en etapas tempranas del desarrollo, significa adquirir confianza en las propias capacidades, lo que unido a la experiencia de vida de la persona, repercutirá en el autoconcepto y la autoimagen que se forme sobre sí misma. A su vez, esta confianza -o en su defecto, la inseguridad- adquirida a través de los años moldeará, en gran medida, el desempeño social, interpersonal e incluso laboral que muestre la persona en la edad adulta. Es por ello, que el tema de la independencia es tan importante en el desarrollo psicoemocional de los seres humanos.

Ahora bien, no existe una edad determinada para que los hijos e hijas decidan volar fuera del nido; aunque lo recomendable es que este cambio se dé alrededor de los 25 a los 35 años, edad en la que se espera que hayan alcanzado un nivel de madurez emocional y psicológica adecuado, hayan afianzado una carrera profesional u oficio y se desempeñen en un trabajo estable. Pero, como se mencionó anteriormente, la emancipación no puede ni debe darse sólo en el plano económico; también deben tomarse en cuenta las esferas psicológicas, sociales y emocionales. Cuando el hijo o la hija deciden irse de casa, el equilibrio de la dinámica familiar se modifica, por lo que el cambio acarreará una crisis. Toda etapa del desarrollo, toda permuta y evento novedoso provoca un estado de crisis, lo cual no necesariamente significa conflicto. Para enfrentar este momento, es importante que todos los miembros de la familia tomen en cuenta los siguientes puntos:

- La decisión de dejar la casa de los padres debe ser pensada, meditada y planificada; no se trata de un cambio a la ligera, ya que implica mucha responsabilidad y compromiso.
- La independencia de los hijos no necesariamente implica libertinaje. Los hijos deben buscar la libertad y el espacio que necesitan para convertirse en adultos dueños de sus vidas, y así aprender a hacerse cargo de sus propias familias.

- Es saludable que los padres vean este proceso como un paso más hacia la adultez y no como un acto deliberado de contraposición o desafío.

- Es natural que los padres experimenten un vacío ahora que los hijos no viven en casa. Por lo que es importante que los padres hayan construido una relación de pareja cercana e íntima, ahora que, de nuevo, quedarán a solas en el hogar. De esta manera el “síndrome del nido vacío” no será tan traumático para ambos, y podrán “soltar” a sus hijos e hijas de una manera más saludable.

- Cabe rescatar que el papel de los padres cambia considerablemente cuando llega esta nueva faceta de la vida familiar. Ahora deberán confiar en la crianza que han dado a sus hijos e hijas y ser una fuente de apoyo cuando ellos necesiten guía y consejo. Sin embargo, deben tener presente que la responsabilidad por las decisiones últimas corresponde a los hijos adultos.

- Independizarse de los padres no implica aislarse del grupo nuclear, mermar los sentimientos afectivos ni ser indiferentes ante las situaciones apremiantes que pueda vivir la familia. Todo lo contrario, al madurar emocionalmente se pueden cultivar relaciones más maduras, así como lograr una mejor empatía y comunicación con los seres queridos.

Brindar a los hijos e hijas la oportunidad de construir su vida basada en confianza, respeto y autonomía, es un deber de los padres y un derecho que los hijos e hijas adultos deben administrar con prudencia. Sólo así se seguirán fomentando familias saludables que hereden el regalo de una vida en libertad y responsabilidad para las futuras generaciones.


 

 

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